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Conferencias de la Asociación Cultural Vínculo

El Porqué de la Importancia de las Palabras en la Vida Psíquica


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Si pensamos en el título de la charla, ya nos diferenciamos absolutamente del mundo animal. Ya que obviamente no le suponemos a los animales una psiquis. De hecho lo que nos diferencia, nos distingue del mundo animal; es que somos seres parlantes.

Pero podríamos objetar que los animales también poseen un lenguaje. Sí efectivamente eso es así, pero con la diferencia que el lenguaje animal nunca es equívoco, mientras que en los seres humanos la equivocidad es constitutiva. Se dan malentendidos, uno se cuestiona si el otro entiende lo que le he dicho, si soy capaz de comprender, si tal vez no se me interpretó, si se ha enfadado con lo que dijimos, etc. Ya Aristóteles decía que el hombre es un animal que habla, luego Descartes decía que el hombre es un ser racional, que piensa.

Sería bueno establecer esa diferencia porque evitaría extrapolar los resultados obtenidos en la psicología animal a la individualidad humana. Porque efectivamente hacemos una diferencia entre organismo y cuerpo. Existen grandes limitaciones cuando se consideran a los seres humanos como simples portadores de células, neuronas, neurotransmisores. El cuerpo en las personas que hablamos no podemos considerarlo sin conexión con lo psíquico, con lo afectivo, el amor, la sexualidad, la muerte.

Por supuesto que hay funciones que se prestan a la comparación. Hay cosas comunes entre el hombre y el animal, pero no precisamente el lenguaje.

El hecho de ser individuos inmersos en la lengua, traza los límites con el reino animal. Una rata o una paloma pueden ser muy inteligentes, pero seguramente no tendrán tres expresiones distintas para referirse a la misma legumbre: judías verdes, vainitas, chauchas, etc. etc. Los animales se rigen por la necesidad, tienen hambre y comen o tienen sed y beben, lo que podemos formular con el nombre de instintos.

En los humanos esto se complejiza precisamente por el hecho de hablar. Porque no sólo rige para los humanos la necesidad, sino que también estamos determinados por deseos, pedidos, demandas, que implican siempre una relación con los otros. La necesidad nos sitúa del lado de los animales, corresponde a necesidades biológicas, mientras que el deseo no es algo natural, sino que se ha incorporado a nosotros por el efecto del lenguaje, por los dichos que nos preceden, se desliza en las palabras. El deseo es inconsciente, es a título de reprimido como el deseo va forjando nuestra existencia y ¿cómo se hace presente? Pues a través de los sueños, los lapsus, o en un síntoma que es uno de los modos en que aparece el deseo cuando es negado e insiste en hacerse reconocer.

Somos capturados por el lenguaje mucho antes de lo que imaginamos. El lenguaje precede a cada sujeto, incluso en el caso de los niños autistas. Más allá de que hable o no un individuo, por el sólo hecho de que se habla de él, está determinado por el lenguaje.

Cuando una pareja espera un hijo, este niño puede ser esperado con esperanza o con temor. Puede haber sido deseado o impuesto, incluso puede haber sido necesario el auxilio de la ciencia para lograr su llegada.

En el momento de su nacimiento puede ocurrir que sus padres estén viviendo el duelo de un familiar muy allegado, que sea el benjamín de la familia, porque la diferencia con su hermano mayor sea mucha, puede ser el mayor, hijo de padres mayores, hijo de una madre sin pareja, etc, infinitas pueden ser las historias de cada uno. Y es en ese ámbito donde el individuo se criará y tendrá que subjetivar, o sea hacer suya su historia, encontrar un lugar donde ubicarse en esa trama.

Pero sea cual fuere la historia que nos acompañe, ésta estará cargada de palabras, palabras que recibimos del Otro, nuestros padres, nuestros allegados más próximos. Palabras o dichos que harán que nos identifiquemos con lo que el otro nos aporte. Esa identificación constituirá nuestro ser.

Habitamos en un mundo simbólico, vivimos, pensamos, sentimos, nos relacionamos a través de las palabras.

Por tanto, las palabras nos marcan, nos dejan huella en el cuerpo, serán significantes que irán marcando nuestra existencia. No es lo mismo pensar a una persona como producto de una historia, de una determinada época y de unos determinados padres que como un conjunto de reacciones químicas o de genes. Cada época imprime unas características especiales y propias a cada uno.

El sujeto va a tener que hacerse cargo de esos significantes que le embarazaron, le inseminaron desde el comienzo de su historia, como siendo propios. En cualquier reflexión acerca de lo que somos y cómo nos va en esto del vivir, no podemos prescindir de la referencia al Otro.

Para Freud, las palabras son representaciones mentales cargadas de afecto. ¿Qué quiere decir esto? Las palabras nos alegran, nos hacen padecer, nos transmiten amor, odio, inseguridad, confianza, temor, nos enferman, nos curan, etc.

El descubrimiento del psicoanálisis es que el lenguaje transforma al individuo humano hasta en su cuerpo, en lo más profundo de sí mismo, que transforma sus necesidades, que transforma sus afectos.

Pues bien, ¿nos podríamos preguntar qué está pasando con las palabras en la época en que vivimos? Hay un declive de la función simbólica, cuando no hay palabras, no hay transmisión.

Hay una tendencia cada vez más generalizada dentro de la medicina contemporánea, para tratar de acallar el sufrimiento, lo que no anda, lo que dificulta nuestra vida, pero a cambio de poner palabras para tratar de dilucidar aquello que nos está interfiriendo, surge la milagrosa píldora, el fármaco que en definitiva no nos resuelve el problema, sino que nos crea adicción. Además no nos permite pensar y nos genera efectos secundarios que muchas veces pueden ser más graves que los síntomas que se pretenden mitigar.

Porque podemos sufrir de múltiples cosas que no son precisamente una enfermedad, ej: la mujer soltera que se siente sola, el infiel que se siente culpable, el ejecutivo que se siente desbordado por su actividad, el intelectual atormentado, el niño que no logra sacar sus estudios adelante, la madre que no sabe qué hacer con sus hijos adolescentes, etc, etc.

Definitivamente es un absurdo pensar que la subjetividad se pueda abordar a través de la biología y que los medicamentos son la panacea que nos permitirán ser más felices, teniendo en cuenta que en España el 70% de la población toma medicación psiquiátrica, antidepresivos, ansiolíticos, etc. Lo que hacen los medicamentos es atemperar los síntomas, pero ellos solos sin dar lugar a las palabras que nos puedan aclarar cuál es la causa de nuestro malestar sirven de poco y más bien nos hacen daño. No son una solución, tapan el problema, se consumen de forma indiscriminada, se utilizan como píldora de la felicidad.

Vivimos en una época donde el predominio de la imagen tiene una presencia inigualable comparada con épocas anteriores. No sé si habrán pensado en algún momento, la importancia que tiene la imagen en la sociedad contemporánea. Vivimos pendientes de diferentes pantallas, el cine, la televisión, la pantalla del ordenador, los Gps, los videojuegos, los móviles, ipod...

El desarrollo científico-tecnológico ha dado lugar a una proliferación de objetos tecnológicos que han producido una serie de modificaciones en nuestra sociedad. Hace 20 años atrás las cosas eran muy distintas de cómo son ahora. Es decir, el avance del discurso científico y tecnológico hace que el mundo cambie rápidamente.

Es casi imposible prescindir de los objetos tecnológicos y es cada vez más fácil prescindir de la relación con los otros, hay mucha gente sola, que no tiene amigos, que no habla con sus semejantes. Y eso tiene efectos en nuestra vida cotidiana y en nuestra subjetividad, en nuestra manera de estar en el mundo y de relacionarnos con los otros.

Un buen ejemplo de esto lo encontramos en la película "Up in the air" de Jason Reitman, autor también de "Juno" y "Gracias por fumar". Es un buen retrato de la época que vivimos. Retrata los inconvenientes de un mundo globalizado en el que cada vez hay menos trato humano. Narra la vida de un experto en recortes de empleo que viaja por los Estados Unidos despidiendo a los empleados de diferentes empresas y para abaratar costes, los despiden a través de una videocámara. También da conferencias donde transmite que lo mejor es estar siempre ligero y libre de compromisos, sin lazos que nos vinculen.

Otro de los protagonistas, una joven exitosa se despide del trabajo, renuncia a su trabajo, enviando un sms, también su novio la abandona a través de un sms. Es interesante la sátira que el director desarrolla ante la proliferación de objetos tecnológicos que el mercado nos ofrece sin parar. Y cómo el uso de ellos nos alejan cada vez más de nuestros semejantes.

En una de las entrevistas que le hacen al director, éste comenta que el hombre moderno sufre mucho por culpa de la incomunicación. Y esto resulta paradójico porque estamos más conectados que nunca, a través de las redes sociales, Facebook, Twitter y tantas otras, llevamos el móvil a todas partes, sin embargo, podemos recibir mil mensajes en Facebook, pero eso nunca será lo mismo que la posibilidad de mirar a alguien a los ojos directamente, el contacto de cuerpo a cuerpo, la voz.

Indudablemente reconocemos el progreso y no estamos en contra de los múltiples avances obtenidos, sino que está bien reflexionar y pensar que uso hacemos de ellos para no ser nosotros mismos consumidos por los objetos.


CAFÉ DEL INFANTE | V. de Odón, Madrid. Diciembre 2012

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